Capítulo 1

VOLUMEN I

ADVERSIDAD. ¿Quién sabe lo que los problemas pueden hacer por ti?

Es una premisa del El manifiesto vikingo: ¿Quién sabe lo que los problemas pueden hacer por ti? Una filosofía no escrita plasmada en el libro con el mismo título de Steve Strid y Claess Andréasson que aboga por una nueva forma de dirigir las empresas basada en la estrategia y gestión que hicieron los vikingos para obtener sus riquezas y que muchas empresas escandinavas –IKEA, Absolut, Lego, H&M, Ericsson o Volvo, entre otras– han llevado a cabo marcando tendencias en todo el mundo.

Una de las claves de esta manera de entender la vida y la empresa es que muchas veces los problemas pueden ser nuestros mejores aliados. Por ejemplo, el diseño por parte de IKEA de sus propios muebles se produjo como consecuencia del boicot al que fue sometida por los proveedores suecos en 1955. Sin aquella difícil circunstancia para la empresa, el gigante del mueble tal vez no sería la empresa que es hoy día cuya presencia alcanza a más de treinta países.

La adversidad no es plato de buen gusto para nadie, pero antes o después toca a las puertas de todas las casas. Es inevitable. A menudo, sin embargo, la diferencia entre unas personas y otras no reside tanto en los problemas que tenemos que afrontar (realidad objetiva) como en la forma en que respondemos a los mismos (realidad subjetiva). Mientras algunas personas se hunden otras salen fortalecidas convirtiendo las dificultades en crisis de crecimiento y madurez.

Hellen Keller (1880–1968) en El mundo donde vivo (1910) escribe: «El mundo está lleno de sufrimiento, pero rebosa de personas que lo han vencido y en su lucha descubrieron algo valioso». Keller se quedó ciega y sorda al poco tiempo de nacer, y gracias a la ayuda de su institutriz, Anne Sullivan, aprendió a escribir, leer y comunicarse. Fue a la Universidad de Radcliffe y se graduó con honores. Publicó su primer libro en 1902 con el título La historia de mi vida y fue una activista política destacada. Siempre con espíritu positivo afrontó los reveses que le tocó vivir como un acicate para su desarrollo personal.

Hay otros ejemplos dignos de mención. Nick Vujicic (Melbourne, 1982) es un chico australiano sin extremidades de brazos y piernas que gracias a sus ganas de vivir realiza un sinfín de actividades. Siempre quiso ser independiente y vivir una vida completa, lo que le ha llevado a desarrollar todo tipo de estrategias para valerse por sí mismo: aprendió a escribir usando los dos únicos dedos de su pie izquierdo; a usar el ordenador con el método heel and toe; y a contestar al teléfono, entre otras muchas tareas. «Mi motivación es vivir la vida», decía en una ocasión. Hoy viaja por muchos rincones del mundo impartiendo conferencias sobre cómo superar la adversidad y sus vídeos en Youtube han sido vistos por millones de personas. En 2005 fundó la organización Life without limbs y ha participado en el cortometraje El circo de la mariposa (2008), además de haber publicado varios libros.

Liu Wei (Beijing, 1987) es otro joven chino que toca el piano con los pies después de que a los diez años le tuviesen que amputar los brazos tras sufrir una descarga eléctrica cuando jugaba con sus amigos al escondite. «Nadie dice que el piano debe ser tocado con las manos», señalaba durante su presentación en el programa China’s Got Talent. Y añadía: «La gente como yo sólo tiene dos opciones. Una es abandonar mis sueños, lo que me llevaría a una rápida muerte, y la otra es luchar sin brazos para vivir una vida extraordinaria». Después de su participación en el talent show interpretando el clásico Mariage D’amour de Richard Clayderman, el jurado dice: «Creo que todos nosotros, mientras te escuchamos tocar, pensamos que no deberíamos quejarnos de nada en nuestras vidas».

En España también tenemos un caso destacable. Albert Casals (Barcelona, 1990) se mueve en silla de ruedas desde los ocho años cuando una leucemia le dejó parapléjico. Desde niño su pasión era conocer mundo y ya con catorce años empezó a viajar en solitario y sin apenas dinero. Sus ruedas han pisado más de veinticinco países de Europa, Asia y América Latina, y durante esta aventura le ha pasado de todo: ha dormido en barcos abandonados y en islas desiertas; ha tenido que reparar su silla de hierro con cinta adhesiva para seguir adelante; ha tenido que sortear huracanes y ha viajado con contrabandistas. Todo ello lo describe en su libro El mundo sobre ruedas (2009), un emotivo relato en el que explica su filosofía de vida: el felicismo. Allí dice: «Lo único que importa es ser feliz. Nada más que eso. Todo lo demás sobra. El felicismo sólo te dice que enfoques tu vida en la búsqueda de la felicidad».

Pero no hace falta acudir a ejemplos tan extremos como el de Keller, Vujicic, Wei o Casals. Todos conocemos a personas cercanas que han luchado titánicamente contra un cáncer, que han resistido la pérdida de algún hijo, que han tenido accidentes de tráfico graves o que han visto quebrar sus empresas. Todos ellos son héroes anónimos, gente desconocida para la mayoría de nosotros que ha sabido lidiar con momentos complicados a lo largo de su vida.

¿Qué beneficios puede aportar la adversidad?

La adversidad sirve en ocasiones para despertar talentos ocultos. Desde la comodidad de la rutina es muy complicado desafiar a nuestros límites. Sin embargo, cuando nos vemos obligados por las circunstancias a salir de la zona de confort por la que nos movemos habitualmente, muchas cualidades y habilidades que no habían tenido la posibilidad de manifestarse lo acaban haciendo descubriendo así parcelas de nosotros mismos que desconocíamos. Muchas veces los límites no son sino miedos anclados en el inconsciente que nos debilitan e impiden sacar lo mejor que llevamos dentro. Santiago Álvarez de Mon, en su libro Desde la adversidad (2003) escribe: «La adversidad nos saca del tedio y la rutina, nos espabila con sus preguntas y exigencias, y nos urge a responder con celeridad y firmeza. También nos protege de la vanidad y la autocomplacencia, impidiendo que nos deslicemos por la fina resbaladiza pendiente del aburguesamiento».

La adversidad ayuda a veces a encontrar el sentido de la vida. En su libro Nada es imposible (2002) Christopher Reeve, el actor neoyorkino protagonista de Superman (1978), cuenta su experiencia vital después de que en mayo de 1995 quedase paralizado de cuello para abajo tras una caída de caballo durante una competición. Allí relata: «Desde muy joven busqué un significado de espiritualidad en mi vida y nunca lo hallé. Al final, tuve que sufrir un accidente y perder el uso de casi todo mi cuerpo para encontrar la respuesta». Y prosigue: «Mi identidad y mi autoestima habían estado siempre basadas en el mundo físico. En un instante la parálisis creó en mí un vacío indescriptible. Siguiendo el consejo de mi familia y amigos creyentes, traté de rezar, pero no sentía ningún alivio, ni conectaba lo más mínimo con Dios. Me angustiaba pensar que no era capaz de sentir la más mínima conexión con algún poder superior. Finalmente decidí no atormentarme más. Con el paso de los meses me di cuenta de que mi espiritualidad se reflejaba en cómo me comportaba con quienes me rodeaban. Al final descubrí el sentido de mi espiritualidad en las palabras de Abraham Lincoln: ˈCuando hago el bien me siento bien; cuando hago el mal me siento mal. Esa es mi religiónˈ».

La adversidad enseña a valorar todo lo que se tiene y a ser agradecido. El gran pecado que cometemos –todos, me atrevería a decir– es que, como apuntaba Shakespeare (1564–1616), «sufrimos mucho por lo poco que nos falta y disfrutamos muy poco de lo mucho que tenemos». Y así se nos escapa la vida. Casi siempre a la valoración de algo se llega desde su ausencia. Es triste, pero cierto. Son las paradojas y contradicciones de la vida. Después de pasar una época dura y sortearla con éxito, la mayoría de las personas suele saborear la vida de otra manera, más intensamente, apreciando cada instante y disfrutando de todos esos placeres cotidianos sin importancia que a menudo pasamos por alto. En la película ¡Viven! (1993) que reproduce el accidente aéreo en 1972 de un equipo uruguayo de rugby en la Cordillera de Los Andes, donde tuvieron que permanecer durante más de dos meses en condiciones imposibles –temperaturas de hasta 40 grados bajo cero, escasez de alimentos, carencia de medios, enfermedades o aludes–, hay una escena (minutos 86–90) que refleja a la perfección esta idea. Después de muchos días perdidos en la montaña, tres de los chicos –Canessa, Antonio y Nando– emprenden la búsqueda de la cola del avión para intentar hallar la batería que les permita conectar la radio y ponerse en contacto con la civilización. En esta aventura, encuentran una maleta que supondrá una alegría mayúscula al ver que hay dentro bombones, jerseys, calzoncillos limpios, pasta de dientes y un «tebeo que no he leído», dice Canessa. ¡Cuánto tenemos y qué poco sabemos valorarlo!

La adversidad enseña a vivir el presente y a cultivar los afectos. He tenido la oportunidad de compartir conversación con personas que han pasado por situaciones extremas en las que la frontera que separaba la vida de la muerte era mínima. Tres de ellos son: Gustavo Zerbino, William Rodríguez y Jorge Valdano. El primero, superviviente del comentado accidente aéreo de Los Andes; el segundo, la última persona en salir con vida del World Trade Center el 11–S de 2001. Willy era el encargado de la limpieza de los 110 pisos del edificio; y el tercero estuvo a punto de perder la vida cuando el helicóptero en el que viajaba se estrelló en México.

A todos ellos les pregunté qué habían aprendido de aquella experiencia y todos ellos coincidieron en dos aspectos:

1. La importancia de vivir el presente: es decir, de exprimir cada instante como si fuese el último. Gustavo Zerbino me contaba su experiencia: «Después de lo que ocurrió en la montañas, lo más importante es la pasión que pongo en todo lo que hago. En la cordillera cada minuto era el último y en esa situación vives con mucha pasión. Por desgracia, en nuestro día a día vivimos como una mosca entre dos paredes, preocupados el 80% del tiempo por el pasado y el futuro. Hay que vivir el único momento en el que podemos tomar acción, el presente. El pasado y el futuro son dos estados que nos paralizan. El primero nos angustia porque no lo aceptamos; el segundo nos produce intranquilidad porque no lo controlamos. El hombre escapa al presente porque le tiene miedo».

2. La importancia del afecto: está bien pensar en el dinero, los proyectos y la empresa, pero como me decía William Rodríguez, «lo realmente importante en la vida es el amor: a quién quieres y quién te quiere; tus familiares y tus amigos». Jorge Valdano también me apuntaba este extremo: «Cuando vives una situación tan extrema como la mía en México, sacas algunas evidencias; una de ellas es que no hay nada más importante y eficaz que el afecto. Cuanto más dura es la vida, más se repara en él. El afecto es el mejor reconstituyente que existe». El psicólogo David Myers en su libro La búsqueda de la felicidad (1992) dice: «Con independencia de que sean jóvenes o viejos, hombres o mujeres, ricos o pobres, de Oriente o de Occidente, cuando se les pregunta qué es lo que más felices les hace, cuatro de cada cinco responden que sus relaciones con las personas que aman».

La adversidad sirve para sacar la parte más noble de cada individuo. En un mundo hipercompetitivo, la mejor versión del ser humano pasa muchas veces desapercibida. Sin embargo, cuando uno se ve al borde del precipicio y la sensibilidad está a flor de piel, casi siempre la bondad humana suele emerger de lo más profundo de cada persona. La adversidad toca la fibra a la gente, y frente a la filosofía de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre también se empieza a considerarse la filosofía de Rousseau de que el hombre es bueno por naturaleza. En cierta ocasión escuché a Álvaro González–Alorda, autor de la obra Los próximos 30 años (2009), contar la historia de El último abrazo. Dice así:
«ˈLe quedan tres meses, prepare sus despedidas, ésta será su última Navidadˈ, –le dijo el doctor. Y al salir del hospital caminó sin rumbo durante horas hasta que se refugió del frío en una cafetería. Sobre la mesa de madera vieja sacó su libreta y escribió los nombres de sus amigos íntimos. Eran cuatro. A continuación trazó una línea. Y siguió con la lista de los amigos a secas. Eran dieciséis. Trazó otra línea y siguió con los amigos antiguos, de los que no sabía nada desde hace años. Logró recordar a nueve. Trazó otra línea y pidió otro café. De repente, vino a su memoria un nombre que debería haber estado en la primera lista, pero cuya amistad se rompió años atrás por una ridícula discusión. Lo escribió con trazo tembloroso y tuvo que respirar hondo para sosegar la inquietud repentina que le embargó. A la mañana siguiente, partió en busca del último nombre de la lista. Cruzó el océano, llamó al timbre y le dio un abrazo. Cuando regresó, el doctor le citó con carácter urgente en la consulta: ˈHa habido un error en los análisis, usted no tiene cáncer, le ruego que acepte mis disculpasˈ. Y para sorpresa del doctor, él las aceptó dándole las gracias y un abrazo».
El holandés Jil Van Eyle –asistente personal de Frank Rijkaard durante su etapa como entrenador del F.C. Barcelona– es conocido por su atractivo proyecto Teaming, una idea basada en el principio de que muchas microdonaciones en apariencia insignificantes, todas ellas sumadas generan una gran aportación económica. Sin embargo, su pasado profesional y personal es menos conocido para el gran público. Lo describe en su obra Cómo dejé de ser un idiota (2010). Su infancia fue difícil, su padre abandonó a la familia y a los quince años ya estaba trabajando. Entonces se prometió que antes de los treinta años tendría un Porsche, algo que consiguió con veintiocho años tras trabajar en varias compañías y posteriormente montar una empresa de transporte de pasajeros non–stop por Europa: CityZap.

Ejecutivo agresivo, le daban igual los medios y lo único que le interesaba eran los fines: dinero, lujo y fama. Y lo tenía todo. Su nómina era atractiva, salía en los medios de comunicación como empresario de éxito y llevaba un tren de vida notable: viajes en business, hoteles cinco estrellas y fiestas con glamour. Sin embargo, CityZap empezó a tambalearse debido a unas licencias no concedidas y entró en bancarrota. El varapalo fue grande, aunque como tipo duro, pronto consiguió colocarse en un buen puesto en Riu Hoteles y seguir ascendiendo. Nada se le resistía. Entonces llegó el wake up call. En 1998 nació su hija Mónica con una grave enfermedad: hidrocefalia. Sorda, casi ciega, sin apenas movilidad en las extremidades inferiores y con capacidades mentales de un bebé recién nacido, aquello fue una bofetada de la vida que le cambió totalmente su forma de ver el mundo. Empezó a percibir cómo muchas enfermeras y médicos trataban a su hija con una delicadeza exquisita y por un salario mucho menor a lo que cobraba su secretaria. Igualmente empezó a darse cuenta de la enorme labor que muchos voluntarios de fundaciones y ONGs hacen todos los días. Se cumplía el Omnia in bonum: todo ocurre para bien. Aunque nos cueste descubrirlo, muchas veces el Universo envía regalos envueltos en forma de problemas. Su hija era un presente para dar sentido a su vida, algo que todavía quedó más confirmado tras leer el libro Las voces del desierto (1991) de Marlo Morgan, en el que se relata cómo los niños que nacen con enfermedades graves son considerados una bendición.

La adversidad sirve para afrontar el futuro con menos miedo. Cuando uno pasa por una situación límite y es capaz de capearla, luego los problemas son menos problemas. Todo tiene otro cariz. Uno ha desarrollado anticuerpos que le permiten afrontar los virus de la vida con más serenidad y eficacia. De algún modo, la adversidad bien gestionada refuerza la autoestima que no es sino control de la situación. Pase lo que pase uno siente que tiene los recursos y las capacidades para hacerla frente. Se mira a los acontecimientos con más confianza. En la película El hijo de la novia (2001), del director Juan José Campanella y con Roberto Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro en el reparto, hay una escena (minutos 48 y 50) que refleja de manera nítida esta idea. Juan Carlos (Eduardo Blanco), es un amigo de la infancia de Rafael con el que no se ve desde hace muchos años. Tras el reencuentro con éste, le explica las graves penurias por las que ha pasado, y en un momento dice:

Cuando vos sabe que nada de lo que te pase va a ser peor de lo que te pasó, te da un cierto poder... Yo ya no me preocupo por nada.

La adversidad sirve para conectar con el mundo espiritual. En momentos en los que se ve todo perdido, cualquier persona –incluso los más escépticos– intenta aferrarse a un hilo de esperanza. La fe es creer en aquello de lo que no se tiene evidencia. En la comentada cinta de ¡Viven! la presencia de Dios –y no nos referimos a un Dios católico, budista o de otro tipo, sino a algo más allá del mundo material y tangible, a una inteligencia divina superior que nos protege– es una constante a lo largo de todo el largometraje. Hay situaciones que sólo son soportables con una buena dosis de fe, de otro modo es fácil derrumbarse. Las palabras de Carlitos (Bruce Ramsay) al comienzo del metraje así lo expresan:

Al enfrentarte a la soledad sin una cosa material que la prostituya, te elevas a un plano espiritual en el que yo sentí la presencia de Dios. Existe ese Dios que me inculcaron en la escuela, y existe el Dios que está oculto por todo lo que nos rodea en esta civilización. Ese es el Dios que yo encontré en las montañas.

Más adelante, el propio Carlitos, el más religioso de la pandilla, afirma en un momento de debilidad:

Siento que Dios cuida de nosotros, ¿lo notáis?

Yo sí lo siento, contesta otro.

La adversidad sirve muchas veces para encontrar nuestra vocación. En ocasiones, lo mejor que le puede ocurrir a una persona es aquello que jamás hubiese deseado que le ocurriese. Un despido, por ejemplo, puede ser el revulsivo que necesitábamos, ya que gracias a esa decisión de la empresa que nos parece tremenda, es el comienzo de un nuevo viaje que en otras circunstancias nunca hubiésemos emprendido por nosotros mismos. Pascal afirmaba que «la desgracia descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir». Parece que las crisis actúan a modo de despertador vital. Casi nunca el hombre cambia por iniciativa propia, sólo se pone en movimiento cuando todo tiembla alrededor. En cierta ocasión me decía el psiquiatra Enrique Rojas: «Parece una paradoja pero la frustración es necesaria para la modulación de la personalidad. Es la piedra de toque de la madurez. En el triunfo uno se emborracha de sí mismo mientras que el sufrimiento sirve para entender qué significa el arte de vivir».

La adversidad sirve para distinguir lo esencial de lo accidental. Nos deja desnudos ante nosotros mismos y nos obliga a hacer balance de nuestra vida, a distinguir lo importante de lo secundario. También la cinta El hijo de la novia nos sirve aquí de ejemplo. Rafael (Ricardo Darín) es un empresario de 42 años que sólo vive para su negocio, un restaurante familiar de comida italiana que no pasa por uno de sus mejores momentos y que le trae de cabeza. Las otras facetas de su vida –hija, pareja, amigos– las tiene un poco abandonadas. Su madre Norma –que padece Alzheimer– no recibe su visita desde hace más de un año; y su padre de 83 años, Nico Belvedere, que vive sólo hace tiempo, tampoco recibe ninguna atención por su parte. Su vida es bien descrita por uno de los directivos de la multinacional Marchiolli Internazionale, que le quiere comprar el negocio:

A usted le veo corriendo detrás de los proveedores, corriendo detrás de los clientes, corriendo detrás de los empleados… Como una especie de maratón... ¿Sabe cómo lo veo? No se ofenda: lo veo como a esos malabaristas chinos que van corriendo de palo a palo para que no se le caigan los platos.

Un ataque al corazón –las lecciones que se extraen de las crisis son inigualables– le servirá para replantearse muchas cuestiones y dar prioridad a otra escala de valores antes que a sus asuntos empresariales. En un momento de sinceridad en el hospital, Rafael se confiesa:

No puedo más (…); tanto preocuparme por todo el mundo. Tanto laburo para ser alguien. Al final, lo único que tengo es un restaurante que no le interesa a nadie…

En resumen, la adversidad nos visita a todos. Por ello, como dice Bill George, Profesor de la Harvard Business School y autor de 7 lessons for leading in crisis (2009): «Jamás desaproveches una buena crisis». Puede ser una gran oportunidad para que la verdadera transformación ocurra. No se trata de alegrarse de las dificultades que nos ocurren sino de darles un sentido. Un proverbio holandés lo expresa así: «No puede impedirse el viento pero pueden construirse molinos». El autor de Tus zonas erróneas (1976), el doctor Wayne W. Dyer, también nos deja una interesante reflexión: «La esencia de la grandeza radica en la capacidad de optar por la propia realización perso-nal en circunstancias en las que otras personas optan por la locura».